Todos nacemos con un don y en un momento u otro acaba apareciendo. De repente un día lo descubrimos y nos damos cuenta de que nacimos para eso. Hay quien tiene un increíble oído musical, quien tiene una facilidad pasmosa para aprender idiomas o quien es un deportista nato… Algunos dones aparecen en nuestra más tierna infancia, pero en otras ocasiones el descubrimiento deviene de un proceso más largo, ya que proviene de otros conocimientos que hemos ido adquiriendo por el camino.

Hasta ahí la teoria. Qué fantástica es la teoría. Y ahora llega la dura realidad: a veces sueñas con tener un don especial que nunca llega. A mí, de pequeña, me hubiera encantado ser una artista -entiéndase por artista sacar un notable en plástica-. Pero no había manera. Se me daba mal todo: dibujar, pintar, crear… Vamos, no me digas, no es normal que la asignatura que todo el mundo aprueba del tirón, yo tuviera siempre un sufi. Raspado. Triste realidad.

Todavía recuerdo cómo con 6 años, mi querida profe Salomé me hizo borrar y redibujar hasta en 6 ocasiones la dichosa choza de paja de uno de los tres cerditos. Lo recuerdo como si fuera ayer… tenía que dibujar la choza caída con el lobo soplando. Y no me salía. Y una. Y otra. Y venga a borrar. Y Marta esto está fatal. Y vuélvelo a intentar. Destrocé la hoja del libro y tuve que pegar un folio recortado en el que acabé haciendo el dibujo… Traumatizada quedé. Y a los cerditos, ni verlos. Gracias.

Más adelante, tuve que leer en las notas que le daban a mis padres que yo era una niña que “siempre dibuja lo mismo, no tiene imaginación”. Pues es cierto, recuerdo que siempre dibujaba una niña con vestido de princesa y siempre, siempre, lo hacía igual. ¿Y bien? ¿Cuál es el problema? Qué manía. Parece como si, por el simple hecho de ser un niño, tuviéramos que tener una gran creatividad. Qué exigencias con niños y niñas de 6 años.

Pero bueno, superé el trauma y, con los años, se me había ido olvidando el gran fracaso. Supongo que colaboró con el olvido el hecho de no volver a hacer plástica nunca más, eso sí, le dije adiós a lo grande en el insti con la asignatura de dibujo técnico. Creí que no lo contaba, ¡cómo sudé para aprobar la asignatura! Aún tengo escalofríos cuando me acuerdo del profe Ballesteros, buf buf buf.

La cuestión es que la plástica no es una asignatura con la que te cruces en tu vida, a no ser que seas una craft lover, como poco. Pero, vamos, que no me preocupaba demasiado porque el Ikea tiene cosas monísimas sin necesidad de personalizarlas. Así que yo más feliz que una perdiz. Pero… pasó lo que tenía que pasar: llegó la escuela infantil a mi vida gracias al pequeño Flanagan. Y luego lo rematé con el señor Alvin.

Un día llegas tan contenta a clase para dejar a la criatura y te dicen que, si eso, vayas haciendo ya un adornito de Navidad, luego que si un banderín decorativo para el cole, luego que si un libro viajero… Arrrrrghhhhhhhhh. Que alguien pare esto porque yo me quiero bajar. Y encima cuando presentas tu cutre adorno “miraquemonomehaquedado”, te das cuenta de que los dones están muy mal repartidos. Hay muchas mamás con muy mala baba repartidas por el mundo… Vale, a ti se te dará bien la plástica, pero…¡chica! no hace falta que nos dejes a las demás a la altura del betún…

Me siento mala madre. El pequeño Flanagan y Señor Alvin nunca podrán presumir de mamá que hace cosas guais. Y mirad que le echo mis ratejos y toda la imaginación que puedo, pero no hay forma de que salga algo decente. Debería de existir un rastrillo de adornos navideños caseros, os aseguro que yo compraba uno de buen gusto. Eso que me ahorraba. De mal rato y de quebraderos de cabeza y de purpurina por el suelo.

Y ahora os dejo, que tengo que acabar un casillero decorado para la escuela infantil del Señor Alvin. No queráis saber cómo me está quedando. Snif.

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