Los coches y yo nunca nos hemos llevado bien. Soy de las que sufren cuando se adelanta a otro vehículo y de las que entran en tensión por encima de los 90 km/h. Y, sin embargo, hace dos años decidí superar mis miedos y me apunté a la autoescuela… Anda que no, ahí, de cabeza a la autoescuela, arriesgando a tope.  La vida al límite.

Os confesaré que el verdadero motivo para apuntarme a la autoescuela fue que vivo en un pueblo que está mal hecho. Sí, sí, lo que viene siendo un pueblo lleno de cuestas. De hecho creo que tiene más pendientes que habitantes.

Así que un caluroso día de verano, qué digo caluroso, achicharrante día de verano, en plena subida de una cuesta, empujando el carrito del Pequeño Flanagan, me creí la señorita Escarlata y me prometí que no iba a volver a subir ni una sola pendiente más a pie, carné de conducir en mano.  Y si el precio de la gasolina me lo permite, claro.

Y me apunté a la autoescuela sin tenerlas todas conmigo, que ya sabéis que a mí el coche me da miedito. Tengo la teoría de que un viaje en coche me cunde como un mes entero en el gimnasio dándolo todo. Que sí, que sí. Pongo el culete en tensión todo el trayecto y cuando llego a destino lo tengo con unas agujetas que ni os cuento… Adiós a la piel de naranja en el pompis. Vamos, como me diera por hacerme camionera, ya os digo que la Jennifer López iba a tener envidia de mi trasero.

La parte teórica del carné de conducir se me hizo eterna. Qué aburrimiento de temario, por favor. Y de qué poca utilidad, ¿pero quién quiere saber algo de mecánica? Si ya sabemos todos que hasta para una rueda pinchada ya te viene la grúa, y no es para menos, que ya que pagamos el seguro tendremos que sacarle partido.

Y luego ese práctico. Que tienes que tener mucha suerte para que no te toque un/a profesor/a con mala baba, de esos que disfrutan con el sufrimiento ajeno. Yo conozco alguno que dejaba que tuvieras sustos gordos porque lo consideraba una forma más de aprender. Vamos, que te ibas a hacer una práctica y no sabías  cómo ibas a volver de despeiná. Yo no me puedo quejar y tuve un buen profesor, claro que, si os soy sincera, creo que su humor cambiante y sus subidas de tensión algo tenían que ver con mi forma de conducir.

Para acabar con mi aventura, me presenté al examen embarazadísima. Tripón de ocho meses. Y aprobé. A la primera. ¡Toma ya! ¿Y qué creéis que pensé cuando me dieron la feliz noticia? Pues en la liberación que significaba para mí: adiós a subir cuestas, hola a ir de compras yo sola.

Desde que me saqué mi carné de conducir tiemblan los centros comerciales y, sí, también tiemblan los otros conductores. Y no, aún no he perdido ningún punto 🙂

¿Y qué tal vosotros/as? ¿Os gusta conducir?

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