Sé que este post es raro, pero no puedo dejar de escribirlo. Está basado en la purita observación. Os estaréis preguntando que qué es lo que observo, pues…ejem, ahí va:  pirulinas y huevines. En algunas ocasiones las observo por prescripción médica, como cuando al señor Alvin le salieron unas bolas de grasa, y en otras porque, mire donde mire, hay pirulina a la vista.

Como bien sabéis, tengo dos hijos, así que por añadidura mi casa rebosa testosterona, los calzoncillos acaparan el tendedero, los dinosaurios y coches aparecen en cualquier cajón…  Como mujer, desearía poner unas poquitas más de endorfinas en mi vida, porque de pelotas, Monster Trucks y luchas libres ya voy bien servida. Pero reconozco que resulta muy curioso observar al sexo opuesto. No tendré princesas y nenucos por casa, pero entretenida estoy un rato.

De entre todas las cosas que observo, hay algo que me ha llamado poderosamente la atención: Cómo tratan maltratan sus pirulas de pequeños. Es digno de estudio. Y aún no entiendo cómo no ha hablado nadie ya sobre ello. Pero, bueno, para eso ya escribo yo este post, super sesudo, como podéis ver.

¿Que cómo trata un niño su pirulina? Para aquellas que no tengáis un niño en vuestro círculo más cercano (hijos, sobrinos, etc) os lo voy a resumir rapidito: se la espachurra, la estira (hasta límites insospechados), la enrosca, la aplasta, la apreta…  Vamos, que todos los verbos que se me ocurren implican dolor. Y me duele a mí hasta escribirlo. Pues eso es lo que todas creíamos. Pero nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que no debe de doler ni un poquito a la vista de mis observaciones.

Como cualquier otra madre, el tema de los hijos da para hablar largo y tendido, así que no es de extrañar que justamente  haya hablado sobre esta cuestión con otras mamás. Y ¡bingo! No es que mis hijos tengan una afición extraña, sino que es de lo más normal. No hay niño en el mundo que se resista a espachurrársela un rato.  O a estirársela. Hasta el infinito y más allá.

Así que si de pequeños la tratan de esa forma, no puedo llegar a entender cómo les duele de esa manera un golpecito de nada cuando son mayores. O los peques la tienen insensible o cuando son adultos tienen mucho cuento. Veamos las posibles conclusiones:

1. Los tíos de mayores lo exageran todo. No os creáis ni una sola lagrimita de dolor. Ya no cuela.

2. Puede ser que, de tanto espachurrarla de pequeños, llegue un momento en que la susodicha ya no soporte más cuota de dolor. De ahí que, a la mínima, en la edad adulta, se les escape la lagrimita.

3. El espachurramiento en la infancia es un simple entrenamiento para soportar el terrible dolor que afrontarán en la edad adulta al sufrir cualquier tipo de golpe. La Naturaleza es sabia y está todo pensado.

A saber cuál es la opción correcta. Si se os ocurre alguna más, me la contáis. Todas las conclusiones son bienvenidas. Sólo una cosa tengo clara: visto lo visto,  un dolorcito de ovarios les daba yo para que se les quitaran todas las tonterías.

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