Cómo son las madres. Las queremos mucho, como la trucha al trucho, y nos dan muchos consejos y muchos besos y blablabla, pero son unas pesadas cuando se trata de comer. Ellas presumen de ser las que mejor nos conocen en el mundo mundial, pero luego se hacen las suecas con nuestros gustos. Insisten e insisten en que comamos cosas que detestamos o como decía una amiga mía: “No es que no me guste esta comida, es que sabe a monstruo.”

¿Qué hay para comer hoy?

Vamos a situarnos. Vienes del cole muerto de hambre después de una mañana intensa de cole. En el camino a casa vas fantaseando con lo que tendrás para comer. En tu cabeza solo cabe la posibilidad de que tu madre, que tanto te quiere, haya preparado un rico menú muy de tu gusto. Llegas a casa y en cuanto te abren la puerta, ni beso ni gaitas, lo primero que preguntas es “¿Qué hay para comer, mamá?”.

¿Y qué te contesta ella? Dos opciones:

Opción A: Te contesta sin rodeos que hay macarrones, o pollo empanado, o arroz con tomate, o un filete con patatas fritas… Música celestial de fondo. Comienzas a salivar. Tu madre ha preparado tu comida favorita, ñam ñam.

Opción B: Te contesta con evasivas. Tu intuición (y ese olor inconfundible que sale de la cocina) te dice que esto es muy mala señal. Algo va mal. Que tu madre diga que ya lo verás cuando te lo ponga en el plato o que ha preparado algo muy rico que ayuda a crecer mucho solo puede significar una cosa: platito de coliflor al canto, o unas espinacas de Popeye, o un plato de legumbres que no hay quien se lo coma… Cualquier cosa menos tu plato favorito, eso está claro.

Las mamás, que serán muy pesadas pero también muy listas, aplican un sentido común contrario al tuyo. Tú, en tu ingenuidad infantil, piensas que como tu madre sabe que hoy tocaba gimnasia tiene que haber hecho algo delicioso para compensar el cansancio y la falta de energía. Por el contrario, tu madre piensa que, como vendrás muy cansado y hambriento por el esfuerzo, te puede endosar un platito de verdurita que te comerás sin rechistar mucho porque para eso vienes muerto de hambre. Ese es el pensamiento madre. No falla.

Pero lo de comerse un plato de coliflor son palabras mayores, así que no importa lo cansado que llegues del cole. Tú te niegas a comer eso con todas tus fuerzas, y desplazas la comida de un lado al otro del plato con la ilusión de que parezca que has comido algo, o si tienes mucha suerte se lo pasas al plato de tu hermano que, como es más pequeño, no tiene criterio y es incapaz de diferenciar una coliflor de una patata.

La verdad, no entiendo por qué les extrañaba tanto a nuestras madres que opusiéramos una resistencia tan feroz a la coliflor y otros platos sospechosos de saber a monstruo, si es que es de cajón. Imposible que nadie en su sano juicio prefiera un plato de coliflor antes que uno con macarrones. Con lo fácil que hubiera sido comer siempre nuestras comidas favoritas…

Nota para los curiosos/as: Este post fue escrito originariamente para el blog de Wemories. ¿Qué no sabéis qué es Wemories? Pues una empresa que tiene un producto estupendísimo de la muerte para regalar estas Navidades o en cualquier ocasión especial. Anda, sin vacilaciones, un paseito por http://www.wemories.com y así descubres en primera persona a qué me refiero con eso de “estupendísimo”.

Anuncios