¿Conoces a alguien que lo sepa todo sobre niños? Sí, me refiero a ese tipo de personas que hablan y hablan y hablan sin parar sobre cómo educar a los hijos y cómo comportarse con ellos ante situaciones conflictivas con ese tonito de superioridad de “esto no deberías de hacerlo nunca así porque te va a pasar factura, ya verás, tú niño será un delincuente como sigas así”. Sí, sí, de ese tipo de personas.

Pues ¿sabéis qué es lo que más me llama la atención? Ni el tonito, ni el discurso, ni flautas. A mí lo que me alucina de verdad es que, en un altísimo porcentaje, suelen ser personas que aún no tienen hijos; pero, claro, como están leyendo mucho sobre el tema, o se tragan todos los capítulos de Supernanny, o como tienen primos lejanos pequeños, pues ya lo saben todo. Y te dan una lección sobre cómo cuidar o educar a tu hijo, así, sin venir a cuento. Y lo más curioso de todo es que tú, justo antes de ser madre/padre, te sabías la teoría igual de bien.

¿Quién dijo que criar y educar un hijo era sencillo?

 Y es que en esto de los niños todos tenemos las ideas muy claras antes de engendrarlos, parirlos y criarlos. Luego, cuando el bebé está en casa, comienzas a no verlo todo tan claro. Ya te lo podían haber avisado. Tanto libro, tanto libro…Los autores bien podían ponerte sobre aviso con un “oye, tú leéme y tal, pero que sepas que nada de lo que ahora te cuento te va a solucionar la papeleta cuando lidies con tu hijo, que en esto de ser padres cada uno es un mundo y, al final, nada es como lo habías imaginado”. Pero no, eso se lo callan. Qué majetes.

 En ningún libro te avisan de lo mucho que influye a tu círculo cercano (y no tan cercano) la llegada de tu bebé. Por supuesto, ha sido parir tú (o ser papá) para que todo el mundo parezca haber cursado un máster sobre crianza infantil mientras tú andabas de ecografía para aquí y de análisis para allá.

 Empiezas a escuchar opiniones y consejos que nunca pediste, tipo “debes dejarle llorar para que no se acostumbre” (¿y si no me da la gana?), o “no debes darle teta cada vez que te lo pide porque no tiene hambre y ya es vicio” (¿acaso le has hecho una ecografía abdominal para saber si tiene o no el estómago lleno, listillo/a?), o un “deberías de hacer más ruido durante el día para que el bebé se vaya acostumbrando a dormir con barullo…” (claaaaro, claaaaro, porque es que a ti también te encanta dormir con una orquesta tocando debajo de tu ventana, ¿verdad?) ¿Resultado? La cabeza como un bombo y mucho cabreo a la vista.

 Luego, por supuesto, la cosa va en aumento – ahh, amiga, que te creías tú que esto era pasajero- y a peor. Porque los bebés crecen y, por norma general, se mueven, son inquietos, investigan su entorno y, por supuestísimo, la lían. La lían parda, añado.

Los niños la acaban liando. Parda, bien parda.

Aquí es donde ya comienzas a escuchar a tus allegados, y no tan allegados, aquello de “vete poniéndole límites porque se te va a descarriar”. Y recuerda esto bien: cuando comparen a tu hijo con los suyos (si los tienen), el tuyo siempre va a ser peor. Porque, por algún misterio inexplicable, los padres olvidan cómo eran sus hijos de pequeños y, a toro pasado, les parece que fueron angelitos, pero a Dios gracias, tú les recuerdas perfectamente, oh sí, vaya que si los recuerdas… Eran terroristas del hogar, exactamente igual que el tuyo lo será a ojos de los demás.

 ¿Que el niño te apaga la lavadora? Cuidadín, cuidadín, delincuente a la vista. ¿Qué el niño te pilla liada haciendo algo y se pone a brincar en el sofá a sabiendas de que está prohibido? Cuidadín, cuidadín, que como seas tan flojita van a hacer contigo lo que quieran cuando crezcan un poquito más. ¿Qué el niño es movido y no para ni un segundo mientras intentas atender a la visita que has recibido? Cuidadín, cuidadín, como no le entres en vereda esto puede acabar mal, muy mal.

 Y tú les observas. A ellos, que no tienen hijos o los tienen creciditos. A ellos, que tienen las ideas tan claras como las tenías tú justo antes de ser madre o padre. A ellos, que duermen del tirón toda la noche y así es fácil pensar con claridad…

 Pero lo peor de todo esto es que, encima que tú ya no tienes nada claro, recibes opiniones contrarias a cada minuto para liarte aún más. O lo que viene a ser el festival del “cuantos más seamos, más opinaremos.” Chachi, ¿eh? Si ya has tenido hijos, sabrás de qué te hablo, pero si estás embarazada, lee con atención porque esto va a ser como ir a una vidente de las buenas.

 Bebé de X meses. Tú aún con tus hormonas revueltas -que sí, que nadie te lo había dicho, pero esto de la revolución hormonal dura lo indecible- y agotada. Te apetece descansar y estar a tu aire con tu bebé. Peeeeeero, de repente, llegan de visita sorpresa tu prima y tu madre que, según dicen, aburridas como estaban en su casa (esto lo digo yo), han decidido que van a ir a verte y así te echan un cable.

¿Un cable?, te preguntas túA ver si es verdad y te ponen la lavadora y hacen el cuarto de baño, que está hecho un asco, mientras tú y tu bebé descansáis un ratito, que esta noche ha sido terrorífica. Pero no; se dedican a charlar sobre bebés, aunque el tema estrella es la mala cara que tienes, incluso te recuerdan que deberías descansar un poco más -¿de verdad? ¿no me digas?, piensas para tus adentros-. Contestas cortésmente y fuerzas una sonrisa de asentimiento mientras recuerdas, sin verbalizarlo, que son precisamente ellas las que te han chafado tu siesta.

 No ha pasado ni hora y media desde su llegada y el bebé vuelve a pedirte teta. Ya vas tú presta y dispuesta a servir a demanda al bebé cuando, en menos de dos segundos de diferencia, oyes un “¿pero se la vas a volver a dar otra vez? Si ya comió hace un rato…no te esclavices así, mujer” junto con un “que sí, que sí, tú dale teta, que tiene hambre”. ¿Y ahora qué? ¿eh?

Mejor taparse los oídos cuando te dan mil opiniones distintas

Oirás tantos consejos y recomendaciones contrarias que, ya te aviso, mejor tápate los oídos.

 Y tú, en el medio, flipando, con el disco absorvente en una mano y el bebé succionando al aire sujeto con la otra. De repente te acuerdas de la madre que los parió a todos –una madre que, por cierto, en su día debió de estar igual de agotada, agobiada y liada que tú- y, sobre todo, te preguntas por qué demonios les abriste la puerta… mira que era fácil aparentar que no había nadie en casa…

 Sin embargo, aunque las opiniones contrarias y no solicitadas duran muchísimo tiempo, llega un momento en tu vida en el que las hormonas se alían contigo y reúnes las fuerzas y la mala leche suficiente para plantar a todo el mundo cara. ¿Y sabes qué? Que les sueltas que en tu casa y con tu hijo se hace lo que tú creas que es mejor para tu bebé. Y chimpún. Tu asertividad y la cara bulldog que pones cuando explotas son suficientes para que todos entiendan que se acabó opinolandia.

 Tú sonreirás triunfante. Por fin tranquilos. Eso sí, no te librarás de los comentarios tipo “qué mal se toman algunas los consejos, mira que era por su bien…” o “menuda mala leche se les pone después de parir”. Pero que no te importe y recuerda esto siempre: quien quiera opinar, que se haga contertulio.

 

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