Los padres somos muy del refranero popular. Vamos, que levante la mano quien nunca haya padecido en sus carnes aquello de “cómo se nota que sarna con gusto no pica” o el “¡ay, hijo mío! ¡a lo hecho, pecho!” o -y esta es más del tipo de las que solía escuchar yo- “a quien come y canta, juicio le falta”. Pues eso. Para muestra, un botón. Que los padres son muy del refranero popular.

Y, visto lo visto, mis padres debieron de aplicarlo a diario conmigo porque, muy a mi pesar, tengo un conocimiento exhaustivo del mismo, pero ya se sabe, el saber no ocupa lugar. Porque digo yo que el refranero popular será muy sabio, socorrido y todo lo que tú quieras, que lo mismo te vale para un roto que para un descosío, pero deberíamos usarlo en su justa medida. Sin abusar. Pero no hay manera; no hay padre o madre en este planeta que se resista a sus encantos aleccionadores.

Ande yo caliente...

Ande yo caliente…

Tanto lo usan que, al final, es inevitable, se le coge manía al dichosito refranero. Era de esperar. Como diría mi padre “lo poco agrada y lo mucho cansa”. Pues eso que no hay dos sin tres. Sin embargo, era un refrán muy en concreto el que a mí me ponía de muy mala leche; no era otro que el famoso

 Ande yo caliente, ríase la gente.”

Que sí, que tiene su chispa el refrán, no digo yo que no. Pero era oírlo y ponerme de mal humor. Y en invierno, para ser más exactos, me daba pavor escuchárselo a mi madre porque oírselo decir solo podía significar algo malo, muy malo… y muy antiestético. Porque sí, yo iría calentita pero, sinceramente, iba hecha un adefesio.

Ahora no me vais a negar que, en alguna ocasión, a todas y todos nos han salido por la tangente con este refrán. Es todo un clásico de la relación entre madre e hijos (porque para esto los padres se desentienden más, la moda no va con ellos). Eso de tenerte que poner un vestido, pantalón o jersey horrible de la muerte, que odias con todas tus fuerzas, y que tengas que salir a la calle con él puesto intentando reunir toda la dignidad posible es muy duro… A mí me marco mi infancia. Y lo que es peor, distorsionó mi visión de lo que es ropa bonita de la que es un esperpento, así que puedo ponerme cualquier trapito, por feo que sea, y salir a la calle como si fuera vestida de alta costura. Mi madre estaría encantada de ver cómo se apoderó de mí el ande yo caliente… y añadiría un  más vale tarde que nunca para no ocultar su regocijo interior, claro está.

En mi caso concreto, a parte de los vestidos con baberos enormes incorporados a modo de elemento decorativo –nunca entenderé ciertos aspectos de la moda de los 80-, la peor de mis pesadillas era un jersey de lana lleno de elefantes verdes en fila unidos por las trompas. Que por poder, podía ser muy calentito, que no digo yo que no, pero lo que saltaba a la vista es que era feo de narices. Y aún así, mi madre, cuando veía cómo resoplaba y me quejaba de lo horripilante de mi vestimenta, siempre me espetaba aquello de: “ande yo caliente, ríase la gente” que justificaba acto seguido con un “y chitón, que cuando seas mayor, comerás huevos. ¡Ay señor! Eso era ya muerte súbita en el debate de si jersey horripilante sí, jersey horripilante no. Así que todo mi gozo en un pozo. Grrrrrr. Dichoso refranero…

 

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