Cuando era pequeña me encantaban las excursiones. Pues vaya novedad, diréis, como a cualquier otra criatura que le gusta librarse del cole y de los deberes por un día. Pues no, que a mí eso de pasarme el día pateando como que no iba conmigo, agotador para mi cuerpo serrano, que como dice mi padre, yo nací cansá. El motivo por el que realmente me gustaban las excursiones era otro bien distinto, grande, calentito y apetitoso: mi bocata de tortilla francesa.

¿Habéis oído hablar de la conexión de ideas? Una persona dice una palabra y automáticamente piensas en una cosa relacionada. Tú dices “verde” y otro contesta “césped”. “Amarillo” y otro contesta “Sol”. Negro, carbón. Paraguas, lluvia. Excursión, tortilla. Esa era mi madre. Excursión, tortilla. No fallaba nunca. Excursión… tortilla.

Bocata de tortilla para ir de excursión

El bocata de tortilla francesa es un clásico entre los clásicos cuando vas de excursión.

Yo decidía ir a las excursiones sólo y exclusivamente por comer ese día el bocata de tortilla francesa. Pero como no quería que se notara mucho, pues cantaba en el bus dándolo todo, escuchaba atentamente al señor granjero numerar la de cosas raras que pueden llegar a comer los cerdos, obedecía a los monitores y hacía las actividades preparadas como si se me fuera la vida en ello. Y disfrutaba, sí, no lo niego. Pero el fin último de que yo fuera de excursión y donde la experiencia cobraba otra dimensión era el bocata.

Y parece que la preparación de un bocadillo de tortilla es fácil, eh, pues no lo es tanto. Yo ya lo he comprobado en persona, porque lo he intentado hacer varias veces y no hay tu tía. No me sale igual. Y creo que ya sé lo que me falla: el bus. Me falta un bus en casa.

Tú haces tu bocata con tu pan con tomate bien restregado, su chorrito de aceite y la tortilla de tropecientos huevos recien hecha. Hasta aquí vamos muy bien, lo tengo todo en casa. Entonces falta que pongas el envoltorio de papel albal, que metas el bocata en una bolsa de plástico y que lo metas en la mochila unas cuantas horas. Hasta aquí, perfecto, que hasta tengo la mochila. Y… ¡voilà! Bocata delicioso. Pues no, voilà todavía no. Que lo que me falla es el bus, ya os lo decía antes, que es que me falta un poquito de traqueteo y que la mochila esté bien aplastada por otras 30 mochilas de otros 30 niños con otros 30 bocatas de dimensiones descomunales. Porque esa es otra, el tamaño cuenta, vaya si cuenta. Debía de ser que nuestras madres pensaban que más que a una excursión, nos íbamos de expedición al Everest, porque ojito con el tamaño del bocata. Así que ahí está el truco, en el bus.

¿Y qué me decís del misterioso microclima que se genera dentro del papel de albal para que lo que venía siendo un plato de lo más aburrido, la tortilla francesa, se convierta en un rico bocata con sabor de otro planeta? Vale, a lo mejor el secreto estaba en que a una le pillaba con un hambre voraz después de un día de emociones y actividades, pero yo prefiero seguir pensando que el bocata de tortilla francesa de mi madre era,  sencillamente, el mejor.

Yo ya me he plantado y he decidido no hacer ni un sólo bocata de tortilla más hasta que mis hijos no comiencen a ir de excursión por ahí… en bus. Cuando llegue ese día no dudaré en prepararles un bocata de tortilla francesa, faltaría más. ¡Que yo también quiero ser la mamá que prepara el mejor bocata del mundo!

Y tú ¿qué bocata te preparaba siempre tu madre cuando ibas de excursión?

Publicado en bloges.wemories.com

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