Vale, además de tener un tesoro puede ser tu peor pesadilla, pero tener un hermano o dos o tres mola. Si tus padres no se lanzan en la búsqueda de un/a hermanito/a, llega un momento en tu corta vida en el que lo deseas con todas tus fuerzas y te pones de un pesado que asusta. Y “mamá, quiero un hermanito” y “mamá, ¿por qué Silvita tiene dos hermanas y yo no tengo ninguno?” . Y así, en tonito machacante, llevas al extremo la táctica “martillo pilón” hasta que tus padres deciden (por agotamiento) que, con tal de no oírte, quizás sea buena idea eso de tener otra criatura.

foto de hermanos abrazados

 Y ahí empieza la historia de amor odio. Llega tu hermano o hermana y te roba el trono, todo lo que antes era para ti solo, a lo Gollum, resulta que lo tienes que compartir. Todo, todo. Y te mosqueas porque esto no te lo había explicado Silvita cuando te hablaba de sus hermanas. Compartes atenciones, abuelos consentidores, habitación, chuches… incluso tus ¡juguetes! Que tengas que “compartir” a los abuelos tiene un pase, pero ¿los juguetes? Eso es traumático total.

El enanito gateador será todo lo simpatiquísimo que quieran tus padres, pero tú solo ves que aporrea tus cosas.  Es una amenaza. Tu hermanito, ese que tanto pediste y suplicaste, es un bichito destructor con sonrisa de cuatro dientes.

Pero los años pasan y el bichito destructor demuestra ser un encanto. Además resulta ser la persona con la que mejor te entiendes de pequeño y, por supuesto, con la que mejor te peleas. Vamos, yo solo recuerdo haberme pegado de tortas con mi hermano y, al rato, tan amigos. O ser tan amigos y al rato estar a tortas. O como solía decir mi padre “lo que empieza en risas acaba en llantos…” Más razón que un santo.

Si tu hermano es del mismo sexo que tú es genial porque soléis tener los mismos gustos para jugar; y si, por el contrario, sois hermanos de distinto sexo te viene fenomenal porque siempre estrenas ropa (que esto de ser del mismo sexo y aprovechar lo del hermano es todo un clásico) y porque, con los años, se demuestra que los/as amigos/as de tu hermano/a están como un queso y encima te los trae a casa. ¿Qué más se puede pedir en plena adolescencia?

Yo tengo un hermano mayor y son muchas las historias que podría recordar de los dos… Pero la que mejor demuestra la veneración que yo tenía por él es cuando tuve un percance con la profesora de gimnasia deportiva. Ya os he comentado alguna vez que mi forma física es la de Don Pimpón y, aún así, mi madre intentaba que encontrara algún deporte que me gustara. Y así acabé en clases de gimnasia deportiva. Dos días duré: el primero y el de la trifulca. Record absoluto.

Por las fechas en las que mi madre me apuntó a gimnasia deportiva, mi hermano, un año mayor que yo, ya llevaba un tiempo practicando karate y tenía cinturón blanco-amarillo, o lo que es lo mismo, nivel principiante total.  Pero para mí, a la vista de lo que le espeté a la profesora cuando discutimos por un quítame allá esas pajas, ya era un experto karateka. ¿Que qué le dije? Pues le solté con toda la furia que podía invadir a una niña de 6 años que mi hermano hacía karate e iba a venir a por ella y le iba a hacer un kata. Ya veis, una amenaza en toda regla.  Para echarse a temblar, pensaría la profesora.  La verdad es que no sé qué creía yo que le iba a hacer mi hermano de 7 años a la profe, ¿romperle las piernas?

Ahora lo recuerdo como una anécdota divertida, pero en aquel momento en el que me sentía tan desvalida ante la profesora Rottenmeier, veía en mi hermano al gran salvador, a la persona que me sacaría de allí y me defendería a muerte. La verdad es que la amenaza no surtió efecto y acabé encerrada con llave en el vestuario después de discutir con ella durante toda la clase. Fue mi último día de gimnasia…y creo que el de la profesora también después de que mi madre hablara con todos los encargados del polideportivo.

En cualquier caso, recuerdo la historia porque dice mucho de mi relación con mi hermano. De lo que los hermanos son para nosotros. Y yo lo tengo claro, quien tiene un hermano tiene un tesoro. Y yo tenía un tesoro karateka.

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