Qué poco me gusta. Pero bueno, ya está, ya queda menos. Debo de ser rara, lo sé, pero es que lo del carnaval no va conmigo. Y viene de lejos. Recuerdo perfectamente la última vez que me disfracé. Iba de  madre de familia numerosa en el cole. El disfraz era temático por clase y a nosotros nos tocó ir de familia numerosa. Unos eran bebés, otros niños traviesos, otros abuelos…yo fui una de las madres. Y si me disfracé fue porque la profesora se puso muy pesada para que participara en el desfile del cole y me insistió durante un montón de días hasta que cedí. Lo hice a regañadientes, en contra de mi voluntad. Fue la última vez. Tenía 9 años.

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Ni con antifaz y de superheroina me hubiera disfrazado yo.

La verdad es que mi trauma carnavalero tiene su origen en una tarde de esas en las que ya el carnaval da sus últimos coletazos. Me imagino que cuando vives en una localidad muy carnavalera, la gente lo vive a tope hasta el último día, pero cuando el Carnaval no está demasiado arraigado…los últimos días son eso, últimos días, como en las rebajas, que vas y ya no queda nada. Pues lo mismo, en los últimos días del carnaval…¿quién demonios se disfraza? Pues mi madre nos plantó a mi hermano y a mí un disfraz para salir a hacer unos recaditos.

Mi gran disfraz era de ratita presumida con lazo rojo, rabo y todo. La cuestión es que, al salir a la calle,  sentí una vergüenza horrible horribilísima cuando vi que era la única persona que iba disfrazada haciendo el ridículo… porque así me sentí yo, ridícula perdida. Y mi madre no volvió a casa a quitarme el disfraz muy a mi pesar. En ese momento me encogí hasta adquirir la dimensión de una hormiga. Debía de tener apenas 8 años. Y los sentimientos de aquella tarde aún los tengo muy presentes.

Desde aquella tarde de recados nada volvió a ser igual en carnaval. Y lo que yo llamo de manera cariñosa “trauma” sigue ahí. No me disfrazo ni borracha y lo peor es que la llegada del Pequeño Flanagan y el Señor Alvin aún no ha ayudado a mejorar  la situación en exceso. Quizás lo vivo hasta peor, claro, porque los carnavales siguen sin gustarme y me angustia un poco pensar que soy la única madre del mundo que debe de detestar estas fechas.

Cuando en el cole comienzan a hablar de preparar disfraces me entran los sudores fríos. Y, sí, qué pasa, me entra hasta mala leche buscando un puñetero disfraz para mis hijos. Pero como me pidan que lo cosa yo misma…¡muerdo!, es más, no me hago responsable de mis actos. Grrrrr. Y reconozco, eso sí, que están muy graciosos cuando los veo disfrazados…pero es superior a mí, qué vamos a hacerle.

No obstante, de estos días de desenfreno carnavalero salvaría el entierro de la sardina -de esta parte sí guardo un grato recuerdo yendo al monte a enterrar una sardinita colgada de un palo vestidos de luto- y el popular jueves de tortilla -madre mía qué ilusión me hacía salir a comer una tortilla a la hora del patio-.

Y, no os lo voy a negar, albergo la esperanza de que con los años mis hijos me ayuden a superar esta animadversión a los carnavales. Si ellos disfrutan de estas fechas, quizás yo aprenda a disfrutar de ellas otra vez. Al menos sin el agobio y fastidio que me provocan ahora mismo. Mientras tanto, disfrutaré de lo que ya tengo: las primeras fotos del Pequeño Flanagan posando feliz con su disfraz de payaso. Hasta ahora él era tan reticente a los carnavales como yo. Eso me enseña algo: todo llegará 🙂

¿A vosotras os gustan los carnavales? ¿con qué disfrutáis más? Contadme, contadme.

 

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