Hoy vengo con  otro cacharrito especial de los que tanto me gustan: la cinta de casete.
¿Quién no ha tenido una?


En mi casa siempre ha habido radiocasete, de hecho, no éramos una excepción ya que casi todo el mundo de aquella tenía una del estilo en casa. Sin embargo, eran pocos los que disfrutaban de la doble pletina, así que cuando a alguna amiga de la clase le compraban una minicadena era todo un notición.

En la minicadena ya no sólo podías escuchar la música que contenía la cinta, sino que además podías grabarla en otra cinta y, lo que era muchísimo mejor, compartirla con tus amigas. Que si grábame la de Sergio Dalma, que si ahora me grabas la de Whitney Houston…

A mis padres les di la murga con el “venga, papas, porfi porfi…” para que me compraran una minicadena durante lo que a mí me parecieron siglos. Yo quería ganar autonomía musical porque entre deberes, parque y copias de cintas teníamos la agenda infantil saturada y, a veces, tener de vuelta la casete grabada llevaba semanas.

Y tanto tardé en convencer a mis padres que, para cuando conseguí que me compraran una minicadena sencillita de doble pletina y vinilo, ya comenzaban a venderse, con gran éxito (y yo sin saberlo), las minicadenas que incluían algo llamado CD. Pronto las discográficas apostaron fuerte por los cd’s y la muerte de la cinta de casete fue casi fulminante. Y mi gozo en un pozo. No tardando, me encontré otra vez pidiéndole a mis amigas que me grabaran sus fantásticos y modernísimos cd’s en mis prehistóricas cintas de casete.

Así que como mi discografía no podía depender sólo y exclusivamente de la caridad de mis amigas, decidí apañarme con lo que tenía. Fui a la caza del hit en la radio. Cinta de casete metida de forma perenne en la pletina, la radio todo el día puesta, y el dedo índice siempre preparado para comenzar a grabar en cuanto sonaran los primeros acordes de la canción que quería. Le daba al REC a una velocidad que ni Billy El Niño.

Cuando me hacía con un megamix decente de la radio con los grandes hits, lo escuchaba hasta aburrirme. Y, claro, tanto PLAY tanto PLAY, al final la pobre se fastidiaba. Porque qué me decís de ese momento de enganche en la pletina. Ay ay ay. Cuánto sufrimiento generaba, sobre todo si ya no te “ajuntabas” con la amiga que te la grabó.

Si el enganche había tenido catastróficas consecuencias, ahí estaba mi padre. Un tío manitas. Le he visto hacer virguerías con las cintas, y no hablo de rebobinar la cinta con un boli Bic, que eso lo hacía cualquiera ¿o no? Mi padre iba mucho más allá en sus tejemanejes. Yo vi, con estos ojitos, cómo empalmaba una cinta de Madonna con otro trocito de una casete estropeada de Manolo Escobar. Y funcionó. Vale, esos cinco segundos de transición entre Madonna-Escobar-Madonna era algo inquietante, pero funcional. Y me ahorró un disgusto.

Así que, no puedo evitarlo, las cintas de casete me traen muchos recuerdos y eso las convierte en un cacharrito más que especial. Ellas contienen la banda sonora de mi infancia y adolescencia, así que seguiré guardándolas con cariño, arriesgándome cosa mala a que un día mis hijos las encuentren y piensen que nací en el Paleolítico. No irán tan desencaminados.

¿Tú guardas aún tus cintas de casete? ¿Cuál de ellas es tu tesoro más preciado?

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