¿A quién no le gusta pintar en una pizarra? Yo creo que todos de pequeños hemos sentido la necesidad imperiosa de pintar sin parar y escribir tonterías en una pizarra de las de toda la vida, la de tiza. De hecho, ¿quién de vosotros en edad adulta es capaz de resistirse a dibujar cualquier cosita en una pizarra de tiza? Sí, lo reconozco, yo soy de esas mamá abusonas que cuando juegan con sus hijos en la pizarra la monopolizan. De hecho, no sé  quién ha jugado más con la pizarra del Pequeño Flanagan y Señor Alvin, si ellos o yo.  Ains, por eso es uno de esos cacharritos  que tanto me gustan.

NIños en la pizarra de tiza vintage

Recuerdo que cuando era pequeña, al llegar a clase o al entrar del patio, siempre aprovechaba  para pintar en la pizarra hasta que llegaba la profe. Dejaba volar mi imaginación, dibujaba con el poco arte que tengo, hacía garabatos, escribía mi nombre mil veces o frases sin ton ni son… Y, ojo, no era yo la única, eh, que costaba unos cuantos codazos hacerse con un hueco  para pintar. Overbooking de gente plasmando su arte. Y no me extraña nada, la pizarra era como un imán para todos.

Y no fallaba, era sentarte en tu sitio y leer algo horrible en la pizarra.  “A fulanita le gusta fulanito” Y, por supuesto, cómo no, Fulanita eras tú. Indignada, te girabas hacia tus amigas y decías superencolerizada “¿Quién ha escrito eso? ¡Es mentira! Ahora lo va a ver Menganito y ya verás”. Mientras tú estabas colorada como un tomate,  tus super compis se reían un montón con la cantinela de “a Fulanita le gusta Fulanito, a Fulanita le gusta Fulanito…” Cachisenlamarserena…

Pero, de verdad de la buena, sólo recuerdo un caso en el que a nadie nos gustaba salir a la pizarra: los ejercicios. Y por supuesto que nadie quería ser nunca el “voluntario” que saliera a resolverlos. “¡A la pizarra!” era la frase más temida por todos y todas. Cuando te tocaba, por norma general, salías cabizbajo preguntándote por qué a ti, qué habías hecho tú para merecerlo, por qué la profe te tenía manía y siempre te sacaba a ti cuando no tenías ni idea. “Fulanita, subraya el sujeto y el predicado en esta frase”. Ya estamos otra vez con Fulanita…¿qué pasa con Menganita? ¿no puede salir ella? Jolín…

Y ahí estabas tú, Miss Fulanita, intentando subrayar el sujeto, borrando lo que acababas de subrayar una y otra vez… Y, de mientras, girabas un poquito la cabeza y lanzabas miradas furtivas a ver si alguien te podía chivar la respuesta desde su sitio. En ocasiones, se oían las risitas de los compañeros que, desde la seguridad que les daba estar sentados en la silla, se mofaban del “no tengo ni idea de dónde está el sujeto, señorita”.

Aunque, todo hay que decirlo, a veces se generaba un silencio sepulcral. Nadie, absolutamente nadie, movía ni una pestaña. Por supuesto, esto sólo ocurría en un caso: Si el ejercicio en cuestión era dificilísimo y absolutamente nadie sabía la respuesta. Que quien más y quien menos sabía encontrar bien el sujeto, pero ¡ay amigo cuando te pedían buscar el atributo o un complemento del nombre! Todos mirando para el libro y el compi abandonado a su suerte en la pizarra. Ahí ya no había tanta risita, qué listos, el mundo se paralizaba no fuera a ser que el profesor te mandara sentar y eligiera otra víctima.

Estoy segura de que alguna de estas situaciones también las vivisteis en vuestra clase cuando erais pequeños, porque las pizarras han sido y son todo un clásico en las aulas y, aunque ahora abundan las pizarras de rotulador, digitales, etc. nada es comparable a la pizarra de tiza. Con su borrador, sus tizas de colores y ese día de la semana y fecha escritos en el margen superior derecho.

 

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